3 BOFETONES (II)
¿Con qué tres tías no podrías reprimirte tu mano (para endosársela en su cara)?
1º: Pilar Bardem.
2º: Pilar Rahola.
3º: Mercedes Milá.
Ale!, a votar se ha dicho.
¿Con qué tres tías no podrías reprimirte tu mano (para endosársela en su cara)?
1º: Pilar Bardem.
2º: Pilar Rahola.
3º: Mercedes Milá.
Ale!, a votar se ha dicho.
¿A qué tres tíos les pegarías una buena leche (de esas que te dejan el ojo a la virulé)? Éste sería mi orden:
1º: Zapatero.
2º: Javier Bardem.
3º: Ismael Serrano.
Conforme votéis, se irá actualizando la clasificación (3 puntos, 2 y 1, respectivamente)
La historiografía de los últimos treinta años ha venido ofreciendo una imagen idílica de lo que fue la Segunda República española: un régimen democrático que desembarcó por la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, bajo el cual se desarrollaron las más altas cotas de derechos y libertades vividas en este país, finalmente truncado por un golpe militar fascista contra la legalidad vigente.
Detrás de este escueto resumen de lo que fue aquel sistema, se esconde una inmensa falsedad de la Historia de España. Tal enfoque hagiográfico, tan divulgado en los libros de texto que han estudiado, estudian y estudiarán varias generaciones de adolescentes, tan extendido por nuestras Universidades, y tan vilmente llevado a ese supuesto cine que nos obligan subvencionar, es incapaz de soportar un análisis objetivo de todas aquellas circunstancias:
1) ORIGEN. La Segunda República no surgió por el deseo de la mayoría del pueblo español. Ni siquiera por una voluntad popular, aun minoritaria, democráticamente expresada, pues no hubo referendum ni consulta alguna sobre el cambio de régimen. Las elecciones municipales de Abril de 1931 fueron ampliamente ganadas por los partidos monárquicos, cuyos votos obtenidos llegaron a quintuplicar en toda España a los de los partidos republicanos. Tan sólo en algunas de las grandes ciudades vencieron éstos.
De este simple dato objetivo, se desprende que de unas elecciones municipales, de las que resultaron sobradamente vencedoras las fuerzas monárquicas, se desencadenó, en cuestión de cuarenta y ocho horas, todo el proceso republicano. Bastó con que los mismos que firmaron el Pacto de San Sebastián en Agosto de 1930; los mismos que se sublevaron en Jaca el 13 de Diciembre de ese mismo año contra la legalidad a la sazón vigente (convirtiendo en mártires de la causa republicana a Galán y García Hernández); los mismos que, en fin, habían perdido las elecciones celebradas, la jornada del 14 de Abril sacaran a la muchedumbre a la Puerta del Sol de Madrid o asaltaran el Ayuntamiento de Barcelona (acto éste de enorme enjundia democrática y durante el cual se autonominó alcalde el venerado demócrata Companys), para proclamar la república. Las traiciones a Alfonso XIII de sus hasta entonces colaboradores, la propia actitud del monarca o la decisión de Sanjurjo de no utilizar la Guardia Civil para reprimir el golpe de Estado que se estaba produciendo, hicieron el resto.
De esta forma tan democrática es como nació la Segunda República española. ¿En qué libro de texto de la editorial Santillana viene así explicado? ¿En qué Universidad española se expone de esta manera? ¿En qué película de las últimas tres décadas se nos cuenta esta historia?
2) DESARROLLO. Al fin y a la postre, la república no es más que un sistema político, igual que la monarquía parlamentaria o una dictadura. ¿De dónde viene entonces esa identificación de la Segunda República con la izquierda? De la misma actitud de ésta, que ya desde un principio configuró el nuevo régimen como un allanamiento del camino hacia la revolución proletaria, es decir, hacia una dictadura marxista-estalinista. Para ello, debería aniquilarse toda forma de oposición a tales intenciones, aunque, eso sí, revestido siempre de una apariencia de legalidad. Y cuando dicha apariencia resultara del todo imposible, se recurriría simplemente a frases más o menos ingeniosas. No en vano, todas las iglesias incendiadas apenas nacida la República no valían la vida de un solo republicano, Azaña dixit.
Como tal régimen político, hubo alternancias en el poder. Seguramente, aquellos que enarbolan a la menor oportunidad la bandera tricolor (dejando tras de sí su inconfundible estela de falta de higiene personal), ignoren que también la derecha gobernó durante el llamado bienio radical, después de que la CEDA de Gil-Robles fuera el partido más votado en las elecciones generales de 1933, si bien, en una maniobra incomprensible en una democracia que se precie, se le prohibió formar parte del gobierno. Cuando, haciendo uso del derecho otorgado por los españoles en las urnas, intentó hacerlo, el PSOE y los separatistas catalanes de Esquerra encontraron la excusa de la amenaza fascista para provocar la revolución de Octubre de 1934.
¿Ésa es la actitud en que dice mirarse Zapatero cuando pretende sentar las bases de nuestra actual democracia en la experiencia republicana? ¿Por qué la derecha no replica: por complejo o por desconocimiento? ¿...O por ambas cosas?
3) FINAL. Después de variopintas maquinaciones para derrocar a la derecha del poder (supuesta y feroz represión, "escándalo" del estraperlo, etc.), en Febrero de 1936 se celebran nuevas elecciones, que serían oficialmente ganadas por el Frente Popular, merced al sistema electoral vigente y a probadas manipulaciones de actas, pues en número de votos los resultados reflejaron prácticamente un empate entre izquierdas y derechas. La composición del Frente Popular demuestra a las claras la línea y trayectoria que a partir de entonces seguirá la Segunda República:
- Unión Republicana, de Martínez Barrio, quien fuera Gran Oriente de la masonería española, y que ocupó la presidencia de la República interinamente (Abril-Mayo de 1936), tras la destitución de Alcalá Zamora, y uno de los consejeros más importantes de Azaña durante la Guerra Civil. Después de ésta, ostentó el cargo honorífico (?) de presidente de la República en el exilio.
- Izquierda Republicana, del indefinible Azaña, personaje lleno de soberbia intelectual (no obstante comprensible, a tenor de la talla de sus acompañantes políticos) y rencor, como dejará reflejado en sus Memorias. Las escasas frases "felices" que pudieran rescatarse de este político, envolvían en realidad unos hechos del todo incompatibles con aquéllas.
- El revolucionario PSOE y su brazo sindical UGT. La línea radicalísima de Largo Caballero, apodado por ello el Lenin español, terminó imponiéndose a la del tampoco nada apaciguador Prieto (cuya escolta personal fue la autora material del asesinato del líder derechista Calvo Sotelo, antesala de la Guerra Civil), y desterró por completo al sector más moderado de Besteiro. Los discursos de dichos políticos en los albores de 1936 eran expresos llamamientos a la guerra fraticida, cuando no meras incitaciones al crimen directo.
- El estalinista y por aquel entonces insignificante PCE, empeñado en hacer realidad los sueños del líder soviético de convertir a España en un satélite de la URSS, al estilo de lo que haría en la Europa del Este al acabar la Segunda Guerra Mundial.
- Y como colofón, los anarquistas del POUM, además del FJS y del Partido Sindicalista, quienes en un ejercicio histórico de coherencia, decidieron también sumarse al conglomerado para intervenir en labores de Estado. Su brutal terrorismo continuó siendo el mismo que años antes había exasperado, por ejemplo, a los catalanistas, hasta el punto de que éstos recibieron con los brazos abiertos a Primo de Rivera, sabeedores de que con el General el problema terrorista terminaría pronto, como así fue. Finalmente, sus líderes (Andrés Nin a la cabeza) acabarían masacrados por sus otrora compañeros de andanza.
- A todos ellos se unirían, una vez comenzada la contienda, los separatistas vascos y catalanes: el racista PNV y la golpista ERC. Sus magnos empeños por hacer de España una nación próspera y en libertad no fueron reconocidos al acabar la guerra, en un claro gesto de intolerancia centralista.
¿Éste es el modelo de consenso de fuerzas democráticas al que aspira en la España de hoy Zapatero? Pues en su afán de arrinconar a eso que ahora denominan "derecha extrema", las comparsas políticas que ha escogido (ETA incluida) no distan mucho de las descritas.
ALGUNOS DATOS. Para avalar todo lo expuesto, he aquí algunos datos objetivos:
- Las elecciones de Abril de 1931 se celebraron en dos fases: en la primera, desarrollada el día 5, los partidos monárquicos obtuvieron 14.018 concejales, por 1.832 los republicanos (quienes sólo obtuvieron el poder en un pueblo de Granada y en otro de Valencia); en la segunda, la del día 12, los resultados poco cambiaron, al ser elegidos 22.150 concejales monárquicos, frente a 5.775 republicanos.
Por tanto, los comicios municipales de Abril de 1931 depararon 36.168 concejales para las fuerzas monárquicas, y 7.607 para las republicanas.
- La tan manida paz social y libertad de la Segunda República, el paraíso republicano del Frente Popular truncado por el golpe militar fascista, ofrece algunas cifras que, indudablemente, hacen añorar aquel régimen (datos del 16 de Febrero al 15 de Junio de 1936):
160 iglesias totalmente destruidas;
251 asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos e intentos de asalto;
269 muertos de forma violenta;
1.287 heridos de diferente gravedad;
138 atracos consumados;
69 centros particulares y políticos destruidos, y 312 asaltados;
113 huelgas generales;
228 huelgas parciales;
10 periódicos totalmente destruidos;
33 asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos.
COROLARIO. Si nadie es capaz de replicar a personajes tan mediocres como Zapatero o Llamazares, con datos objetivos como los tan modestamente aquí recogidos, qué fue en realidad la Segunda República española y a dónde nos condujo, correremos el riesgo de que algo tan nefasto vuelva a repetirse. Aquellos que en la actualidad representan en el Parlamento a casi diez millones de españoles, deberían tener bien aprendida la lección, para no actuar con la misma ingenuidad que lo hicieron sus correligionarios políticos de los años treinta, sino encarando de frente el órdago lanzado de contrario, y no queriendo pasar página mirando al futuro, como si éste fuera algo plano que se construye sin pasado y sin presente. En caso contrario, y para entonces, que Dios nos coja confesados.
A pesar de que la medianoche estaba ya cercana, su madre fue a acompañarle hasta la plaza mayor, que por aquel entonces también hacía las veces de estación de autobuses. El equipaje era minúsculo. Casi la totalidad de la vieja maleta estaba ocupada por embutidos, cuidadosamente enrollados en papel de periódico, un par de panes redondos, una botella de vino y otra de leche.
- Vuelva a casa, madre, que hace mucho frío y se me va a constipar. Y además, es muy tarde.
Ella, sin embargo, permaneció allí. Porque en realidad, aquélla era algo más que una cotidiana despedida. Pero lo comprendía. Comprendía que en aquel pequeño pueblo de ciudad de provincias, el futuro poco podía depararle a su hijo, y que la capital quizá le abriría las puertas de un trabajo digno.
A él se le partía el corazón teniendo que dejarla allí. Sola. Y por primera vez. Porque ni siquiera tuvo en su día la normal separación que los demás muchachos del pueblo ya habían experimentado. El hecho de ser huérfano de caído, y ciertas influencias del párroco del lugar, le permitieron librarse del servicio militar. No paraba de pensar qué sería de ella. Bien es cierto que aún era joven, pero más lo es que la soledad no entiende de edad. Y él era consciente de que ésa podía ser una espina que le acompañara toda su vida, el haber antepuesto su propio interés personal al cuidado y compañía de su madre.
- Buen viaje, hijo. ¿Llevas a mano la tarjeta con la dirección que te dio el Padre Antonio? Come bien. Y escribe. Escribe, hijo.
La carretera era de trazado irregular, llena de baches y desniveles, lo que acentuaba las incomodidades del autocar. Y la temperatura en su interior estaría unos cinco grados por debajo de la que el termómetro marcaba fuera. Así que ni la manta que se había echado por encima disimulaba aquel espantoso frío.
A un par de pueblos de distancia se hizo la primera parada. El tiempo justo para recoger a un reducido grupo de viajeros.
- ¿Está ocupado?
Sus ojos se abrieron de par en par.
- Pase, pase. Siéntese, señorita - pudo apenas tartamudear.
La chica era preciosa, de unos veinte años, tez blanca, pelo negro perfectamente recogido, y unos labios que, aun cerrados, dibujaban una ligera sonrisa.
También ella se dirigía al mismo destino. Y también ella portaba una tarjeta con una dirección donde pasar la primera noche. A la mañana siguiente la acompañarían a su nuevo lugar de trabajo.
- He servido ya en varias casas, pero nunca había estado tan lejos. Lo que pasa es que le dieron mis referencias a esta señora de Madrid, que por lo visto paga buenos duros, y no me lo pensé.
Él apenas podía pronunciar dos frases seguidas. No en vano, nunca había estado tan cerca de una mujer de aquella belleza.
- ¿Puedo coger un poquito de manta? Hace frío, ¿eh?
Y se arropó, al tiempo que apoyaba su cabeza en el hombro del muchacho. Pasados los primeros minutos de indecisión, y viendo la confianza que la joven le inspiraba, comenzaron a entablar conversación.
- ¿Conoces Madrid? Dicen que es muy grande. Y con mucho personal.
Las ocho largas horas que duró el trayecto se le pasaron prácticamente inadvertidas. Incluso las molestias del vehículo y el frío le habían desaparecido. Quizás porque, casi sin darse cuenta, se había ido enamorando. Antes de despedirse, le cogió la mano.
- ¿Podríamos vernos algún día?
Ella puso una cara de extrañeza, como de no comprender la pregunta. Más aún. Debió poner una cara de un no rotundo. Enseguida apreció un gesto de enorme tristeza en su compañero de asiento.
- A mí me encantaría.
Finalmente, se intercambiaron las direcciones que cada uno llevaba consigo, dejando aviso en ellas de que remitieran a sus nuevos hogares el correo llegado.
Su hermosura era digna de aquellas películas extranjeras que proyectaban en el viejo cine del pueblo. Y es que, días después de aquel viajero encuentro, seguía sin poderla olvidar. Para entonces, él ya había empezado a trabajar en lo que siempre hizo, desde que a los doce años dejó la escuela para ayudar a su madre. Era una finca inmensa, a las afueras de la urbe. Se encargaba de limpiar y cuidar los caballos de la pequeña cuadra aneja a las dependencias habilitadas para los empleados. También hacía labores de jardinería, y todas aquellas tareas que se le encomendaran. Era un trabajo duro, sin horarios, pero como contrapartida, estaba bien remunerado.
Había terminado de cenar. Como era costumbre, antes de irse a descansar debía pasarse por el casón principal, a recoger el listado de mandados que realizar al día siguiente. Ya desde fuera se oían voces de mujeres cuchicheando entre sí. Dudó en entrar. Lo hizo, y una vez dentro, para su sorpresa, entre aquella reunión espontánea de jovencitas, divisó a su acompañante del autobús. Estaba radiante. Incluso le pareció más deslumbrante que cuando la conoció. Pensó unos instantes, hasta que decidió acercarse a ella, con el fin de concertar alguna cita, como se habían dicho. En ese momento, justo cuando estaban a escasos metros, se abrió una puerta, y de su interior se escuchó la áspera voz de la dueña:
- Niñas, ¡al salón!
Una de las mayores hipocresías de la izquierda es el uso que hace del lenguaje para acomodarlo a su orweliana realidad, creyendo, como cree siempre, que su interlocutor-destinatario va a tener su mismo bagaje intelectual (paupérrimo, se entiende).
De manera sistemática, podría así resumirse el proceso:
a) Se dota a ciertas palabras de un matiz peyorativo, para lo cual la derecha más progre y acomplejada presta su colaboración. De esta manera, se genera una conciencia social (?) que identifica ese vocablo con todo lo malo.
b) El término en sí usado tiene una significación objetiva, que ¡oh, milagro!, se corresponde con una determinada tendencia ideológica.
c) A continuación, empiezan a designarse con esos conceptos conductas del oponente... y aun propias.
d) La consecuencia es que esas palabras tergiversadas se convierten en un cajón de sastre, pero con una doble garantía de éxito léxico:
Entre los innumerables ejemplos que ilustran el esquema expuesto, existe uno que brilla con luz propia: nos referimos al término "FASCISMO".
- Así, en una primera acepción, fascista es todo aquel que defiende cosas tan variopintas como el amor al país donde ha nacido (ni qué decir tiene si ello se expresa, además, con símbolos externos tales como una bandera); una concepción liberal de la economía, donde el Estado actúe lo más subsidiariamente posible; una Justicia auténticamente separada de los demás Poderes, dando respuesta a las infracciones de la normativa vigente en estrictos términos jurídicos; unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que sirvan para proteger a los ciudadanos que las pagan; unas Fuerzas Armadas que den cumplimiento a la Constitución Española, siendo garantes de la unidad nacional; unas creencias religiosas cristianas, en las cuales toda la civilización occidental hunde sus raíces; etc.
Esta acepción tiene últimamente un sinónimo muy utilizado en ruedas de prensa, mítines de fin de semana y demás ralea: la extrema derecha. No dejaría de ser un simple ejercicio de retórica dialéctica, si no fuera porque, repasando la Historia de España, observamos que en esos mismos términos se pronunciaba sin el menor rubor la izquierda de hace setenta años... ¡Y a dónde nos llevó esa actitud!
- En el otro sentido, fascista es toda aquella parte de la izquierda cuyos hechos y palabras resultan del todo indefendibles (al menos, de cara a la opinión pública, pensarán en no pocas ocasiones). Así, los terroristas de ETA son fascistas, olvidando que ellos mismos se definen como marxistas-leninistas; también lo son los métodos brutales de represión de regímenes dictatoriales como el chino, el norcoreano, el camboyano... todos ellos con una nítida inspiración en el fascismo italiano, como es bien sabido.
¿En realidad, qué es el fascismo? El fascismo no es más que un movimiento surgido en Italia durante el periodo de entreguerras , cuyo fundador, Benito Mussolini, había pertenecido, por cierto, al Partido Socialista. Muy a grandes rasgos, podría definirse como un movimiento totalitario o autoritario, cuya figura era el Duce. En la diferenciación propia de la época, se enmarcaría como un régimen de derechas, de forma parecida (con todas las cautelas e inexactitudes) a como lo fue el nazismo en Alemania.
Pero no puede utilizarse, como así pretende la izquierda, el término fascismo como sinónimo de tiranía o régimen dictatorial, englobando en él a todos los que han existido y siguen pululando por el mundo.
- No es fascismo el régimen imperante durante setenta años en la extinta URSS, sino una mezcla de socialismo y comunismo. Más de setenta millones de muertos jalonan la experiencia liberticida.
- No es fascismo el entramado de países satélite de la URSS que dominaron la Europa del Este, y que tanta pobreza y sangre derramada dejó como herencia. Aquéllo también fue comunismo.
- No es fascismo el sistema implantado por Mao Tse Tung en China, por Pol Pot en Camboya, por Kim Il Sung en Corea del Norte. Fueron también regímenes comunistas, verdaderas fábricas de la muerte que dejan a Hitler en un simple becario.
- Tampoco es fascismo la Cuba de Fidel, la Venezuela de Chávez, ni la Bolivia de Evo Morales. Por cierto, que los que esgrimen que estos últimos han sido elegidos por el pueblo soberano, son los mismos que deslegitiman la misma voluntad popular en países como Austria (Joel Hyder), Francia (Le Pen)... e incluso omiten, no sabemos si por ignorancia, que unas elecciones democráticas auparon al poder a Hitler en 1933.
Como corolario, cabría advertir del peligro que tiene el mal uso del lenguaje, sobre todo cuando ello, aun inconscientemente, no es sino resultado de una maniobra de disfraz utilizada como arma política en la dicotomía buenos/malos.
Manolo miró el reloj y observó que la clase estaba a punto de acabar.
- Así que no lo olvidéis. La participación de la ciudadanía en el devenir democrático constituye el último íter...
En esos instantes sonó la campana, y la treintena de chiquillos salió corriendo hacia el club social del colegio, donde uno de ellos, Alfonsito, iba a celebrar su sexto cumpleaños. Todavía pudo el maestro retener unos segundos a Tomasín, el hijo pequeño del barrendero de la escuela.
- ¿Te has enterado bien de todo lo que hoy se ha explicado en clase? La honradez, la transparencia y la ética política son deberes que asume todo representante popular, ajeno a maquinaciones pseudocapitalistas. Y recuerda que todas las ideologías y credos deben ser respetados, pues de ese respeto subyace la auténtica idiosincrasia de la Democracia, que es la cosa que más hay que querer en esta vida. ¿Te has enterado?
La cara del niño no parecía afirmar la pregunta, aunque una duda le alarmó:
- Entonces, ¿hay que querer a la democracia más que a Dios?
Manolo sentó a Tomasín sobre el pupitre, y desenredando sus luengas barbas le contestó:
- A ver, a ver, a ver. Mira, dios no es más que una invención de sectores inmovilistas, retrógrados y reaccionarios, con una función muy clara: aniquilar la libertad del hombre. Lo que la gente llama "dios", no es más que una escenificación del yugo fascista, a lo que hay que combatir hasta su total exterminio. ¿Comprendes? A ese dios y a sus seguidores hay que borrarlos, pues suponen el mayor enemigo que todo pueblo y su Democracia pueden tener.
Ahora sí que el muchacho no entendía nada.
- Pues mi padre dice que Dios no tiene enemigos.
E inmediatamente se fue echando leches, pues oyó a sus compañeros entonando el cumpleaños feliz, y él no estaba dispuesto a cambiar un trozo de tarta de chocolate por la demonosequé.
Terminada la jornada laboral, empezaba la hora de la verdad para Manolo. A las ocho de la tarde estaba prevista en primera convocatoria la reunión de la junta de su comunidad de vecinos, en la que se elegiría nuevo presidente, cargo al que por primera vez él optaría. Aún tenía que pulir ciertas frases del discurso con el que quería exponer sus líneas de actuación. Debería intentar que fuera altamente convincente, pues de las veinte viviendas que conformaban la comunidad, tan sólo tenía asegurado el apoyo de su suegra y de su cuñada, en una estimación de voto algo más que optimista. No obstante, Manolo también confiaba en sus dotes de hacer pasillo hasta el último momento.
A las siete ya estaba él en el salón de la cafetería que la comunidad había reservado al efecto. Se impacientaba viendo pasar los minutos sin que ningún vecino apareciera por el lugar. Hasta pasadas las ocho y media no hubo quórum suficiente para empezar la reunión. Tras las rutinarias lecturas del acta anterior y aprobación de presupuestos, se pasaría a la votación. El actual presidente, adivinando las intenciones de Manolo de soltar su parrafada, decidió suspender cinco minutos la junta para tomar un refrigerio. Era el momento de hacer política de calle. Decidió empezar por las alturas, intentando tantear al presidente saliente, del que aún desconocía su intención de presentarse a la reelección. Después, consiguió aún hablar con cinco vecinos más.
Sin discursos de por medio, pues el partido del Madrid estaba a punto de empezar, se realizó la votación secreta. Diecisiete votos logró el hasta ahora presidente, uno Manolo, hubo una abstención y otro fue nulo (parece ser que su contenido eran unas domingas pintadas en una servilleta, y más fácil resultó intuir quién lo emitió, pues Pepe el del segundo había llegado aquella tarde algo cargadito).
De esa manera terminó el sueño electoral de Manolo. Pero todavía quedaba por desvelar la incógnita de quién le había votado, ya que ni él mismo lo hizo. La conversación con el presidente y nuevamente candidato le había hecho reconsiderar la dirección de su voto. Una caña, un trozo de pulpo y la promesa de hacerle tesorero ("tú confía en mí, que la gente luego nunca revisa las cuentas", le dijeron) tuvieron la culpa. ¿Su suegra? ¿Su cuñada? Parecía obvio que no, pues ya había dejado aquélla claro que cómo iba a confiar en un esmirriao que ni siquiera había sido capaz de hacerla abuela.
Así las cosas, y ya por exclusión, supo por fin que el voto provenía de Luisito, aquel joven algo raro en su comportamiento que vivía solo con su gatito.
- ¡Me cago en su padre!, exclamó Manolo.
Había depositado grandes esperanzas en ese trabajo. De hecho, la empresa pasaba por ser una de las más sólidas del sector en aquellos momentos. Al anuncio que una semana antes había leído en el periódico parecía faltarle sólo su nombre: licenciatura, máster, menor de treinta años... Con lo que no contaba, entre otras cosas porque a ello no se hacía referencia, era con el nivel de exigencia de idioma extranjero. ¡Italiano! ¡Pero quién puede exigir hoy en día italiano para trabajar en una empresa! Él, que la única palabra que conocía era "ciao"... y porque la mascota del Mundial de fútbol de Italia se llamaba así.
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Apenas despegado de Barajas, ya había entablado conversación con dos preciosas estudiantes becarias Erasmus. Para su casualidad, grata casualidad, tenían el mismo destino.
- Pues te lo podrías haber ahorrado, porque no te va a servir de nada. Una amiga nuestra que fue allí a prepararse el último examen de la Escuela de Idiomas, se volvió a los cinco días sin entender ni una palabra de lo que aquella gente hablaba.
El pobre se había empollado a marchas forzadas el diccionario básico español-italiano que regalaban con las botellas de Martini que, como homenaje, se había soplado junto a sus amigos la noche antes del viaje.
- En fin, todo se verá. ¿Qué os parece si esta noche echamos unas birritas?, les preguntó él, haciendo ya uso de su nueva lengua adoptiva.
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La colonia de españoles actualmente en Sicilia, bien podría compararse a la de los tiempos de Felipe V. Había jóvenes de todas partes, aunque como suele suceder siempre, los del sur se hacían notar especialmente. Ciudades como Murcia, Granada o Córdoba, eran casi más conocidas por los lugareños que las propias Roma o Milán.
Rara era la fiesta en que no asomara su cabeza. Es más, podría decirse que raro era verle en otro sitio que no fuera un sarao. Él era el más vivo ejemplo de aquellos inmigrantes en tierra extraña. Todos le conocían, aunque posiblemente nadie sabía su nombre real. Simplemente, se oía hablar por todas partes de il Condotiero.
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¿Quién sería capaz de recordar nombres tan raros como Piazza degli spiriti o Strada bianca? Por ello, las calles pronto fueron rebautizadas según regiones.
- Avisa al Condotiero, que esta noche hay fiesta en Asturias.
Era, quizás, la zona más entrañable de la ciudad. Puede ser por aquello de que el primer día lograron engañar a los carabinieri que fueron a poner orden entre tanta algarabía. Les convencieron de que el motivo de estar cantando a las siete de la mañana no era otro que la nostalgia por la tierra dejada atrás. Aunque costó su tiempo, y media botella de whisky, finalmente entendieron que "Asturias" no era sólo una canción. Lo que posiblemente no acabaron de comprender muy bien fue quién era ese Don Pelayo, a quien un gordinflas al que llamaban El Tartiere escenificó con una botella de White Label, arrojando por la ventana del salón vasos de chupito, que, obviamente, hacían las veces de moros.
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Lástima que él nunca hubiera tenido interés por la docencia. Porque, de hecho, los pocos italianos que durante el tiempo de su estancia conoció, acabaron hablando español de forma más que aceptable.
¡Y cómo le adoraban! A todas horas estaba disponible, y no se recuerda que nunca negara un güisquicito a quien le llamara para contarle cualquier problema. Fuera la hora que fuera.
Como aquella tarde, cuando requirieron su presencia en Cataluña. Un muchacho cercano ya a los treinta años le servía copa tras copa mientras ahogaba sus penas. Su novia, con la que llevaba cinco años, y con la que había viajado hasta allí para intentar sacarse alguna asignatura de cuarto de carrera, le acababa de dejar.
- Bueno, hombre, tú tranquilo. Ya verás cómo se le pasará. Con la tensión de los exámenes y tal, puede que necesite estar sola unos días.
El novio rompió entonces a llorar.
- Mira lo que he encontrado esta mañana en su cama. ¡Pero si apenas hemos salido de aquí, no conocemos prácticamente a nadie...!
Y sacó unos gayumbos azules, en cuya parte de arriba, y aun con la distancia, se podía leer su marca: "Italianini". Él escupió el trago que estaba bebiendo en ese momento. El ultrajado chico repetía sollozando:
- ¡Como coja al puto italiano ése...!
Casi al mismo instante, se abrió la puerta de la habitación.
- ¡Hombre, Condotiero!
Era la novia.
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La última noche fue colosal. Habían decidio hacer el Camino de Santiago, si bien, algo sui generis, pues empezaron en las Canarias y después de recorrerse toda España, acabaron en Murcia. Su explicación tenía. El caso es que el jolgorio fue tal que esta vez ni las charlas sobre La Parranda les salvaron.
- ¿Quién vive aquí? Acompáñenos a Comisaría.
Más o menos, eso tradujo un amigo. El numerito era surrealista. Él, completamente piripi, con las maletas preparadas para partir en dos horas, y declarando ante la policía. Alargó todo lo más que pudo sus contestaciones. Cuando por fin acabó, todavía tuvo tiempo de convencer a la patrulla que hasta allí le había conducido, para que le acercaran al aeropuerto, so pena de perder el billete. Y es que esa misma tarde le habían sacado al póker los pocos euros que le quedaban, y ni siquiera tenía ya para pagarse un taxi.
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- He hablado con el jefe de personal, y me ha dicho que mañana quieren hacerte otra entrevista. Esta vez, el idioma ya no será un problema.
Su madre estaba convencida de que su hijo recitaba a Dante como si de un trovador se tratara.
- ¿Ha traído su currículum? Bien. Bueno, al grano. ¿Qué tal lleva usted el italiano?
En ese momento, casi se le escapa una sonrisa, pero aún supo reponerse y contestar con toda seriedad:
- He estado seis meses en Italia.
A los tres días ya se había incorporado a la plantilla. Ni qué decir tiene que nunca, desde entonces, ha tenido que pronunciar una palabra en italiano. A pesar del nombre de la empresa de ropa interior para la que sigue trabajando, y de la que es fiel cliente desde su adolescencia: "Italianini".
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